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viernes, 1 de marzo de 2013

Yo siempre

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Yo siempre he estado loca, muy seria, muy risueña o muy convencida de que las rosas son eternas en la mente, que los malos recuerdos pueden tener el mismo efecto o aquel que adormece y ahuyenta a los mismos lobos y que esconde a la luna.

 
Yo siempre he estado segura que el cigarro ayuda a no dormir, a bien pensar, a cagar fácilmente y digerir lo que uno se traga en cuestión de sentimientos, dentro de su incoherente uso tengo cierto afecto hacia él.

 
Desde siempre y desde tiempos inmemorables he confiado en el estar, ese estar en la ausencia que a uno le acompaña y le disuade un tantito las tristezas, también pienso continuamente en la cercanía de la gente que a uno le apetece, cual si fuera comida o fruto dulce, hasta de la silla, de la orilla de la cama o la pared de la parada del autobús, de los asientos en el parque, de la piedrita en el camino. De lo animado e inanimado, de éste universo que nos aconseja a alma rota, a ropa al viento, a tortícolis bien ganada y bien habida.


Yo siempre he estado alegre de perseguir el deseo, de tenerlo y no soltarlo, de doblarlo y desdoblarlo, de doblegarlo a nuestra sangre punzante, de desengañar a la razón al igual que la tristeza, de sacarle jugo al instinto y hacerlo presente y en el presente amarlo, utilizarlo a bienestar a consciencia. Porque se puede, porque siempre he confiado en que se puede.

 
Luego está el camino que es  sombra,  que uno es el que le da luz a cada paso, pero el miedo nos nace en nuestras plantas de los pies y nos amarra las manos,  juega con nuestro cabello alborotándolo todo, enraizándose adentro de la cabeza y aún así se puede. Si, se puede no ser tan necio, ni tan arriado, ni tan huérfano, ni tan vagabundo, ni tan desquiciado, ni tan perecedero, ni tan convaleciente, ni tan cavilante, ni tan estúpidamente humano…

 
Yo siempre he gustado de amarlo todo en cuanto sea posible, de regarle hasta con regaños, de hablarle, de acercarme y de dejar ir porque es buena cosecha cuando hace falta cerrar los ojos y alejarse, de tumbarse en el piso, o en el pasto fresco de un bosque, de una colina, o de la ciudad contaminada, por un ratito uno puede darle tregua al abismo y perdonarse, apretar nuestros ojitos y borrarlo todo, levantarse y sonreírse, de dejarlo pasar y continuar porque siempre, siempre es así, todo pasa y hay que continuar a paso de tortuga o de liebre, a mirada de gato o de perro, de caimán, de lechuza o búho, de águila pero aún más para mí de presencia de hototogisu.  


Uno es muchas cosas, es lo que es, es lo que sueña, es lo que canta, lo que baila, lo que llora, lo que a veces detesta o firmemente detesta. Uno es lo que dejamos ir para que otro lo tome, lo que perdimos, lo que cambiamos, lo que bifurcamos, lo que apostamos. Así es como vos eres amor y yo. Así es como yo soy tú, y tú eres yo. Y somos Samantha, Fernando, Gaby, Carlitos, Sada, José, Manuel, Cooper el perro del vecino o Maya,  Clau, o la señorita Kanavagh, o lupita, o mis mil nombres que me adueño o me invento, los que tú te inventas, los que combinas, como hubieses deseado llamarte. Así es como somos, lo que hacemos, lo que pensamos, lo que incluso hemos querido cambiar pero el presente no lo deja, terminando por convencernos en un suspiro que todo irá bien, que esto que vives también pasará.