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martes, 7 de enero de 2014

El tumulto de los que hablan poco

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¿Has conocido a alguien que hable poco?

Su luz se asemeja a un señuelo, su luz cabe en su voz, no habla mucho pero cuando habla es para hacer reír, jadear, rabiar, gritar más.  Sus ojos dicen constantemente pero no se pueden adivinar, te obliga a sonreír, atisbar en lo que se cree.

Los que hablan poco, cargan frases mordaces en los pantalones en lugar de llaves, de monedas, de carteras, de dulces, más llevan sigilo en los pasos, abismos cuando miran el cielo, una sonrisa encantadora y una sonrisa hueca del por si acaso.

Hacen un tumulto que levanta el polvo invitando a que te lo tragues para luego toser, toser, toser. Anfitrión de una molestia.

Cuando les conoces podrías odiarles, pero no usan  perfume, lo que hace que te enamores sin avergonzarles, tienen olor propio, el olor del sarcasmo, una mezcla de durazno con el ácido de la lima, un toque de café y un puñado de corrosión. Seres corrosivamente encantadores, con la tranquilidad de un niño, la práctica de un ladrón, la conmoción de un tiburón devorando a su presa.

Y como no hablan mucho, nunca dicen te quiero o les cuesta hacerlo. Envuelven su sonrisa hueca en la envoltura de un chocolate y se lo dan al de enfrente en el autobús, luego sacan de su chaqueta su sonrisa sincera y te la regalan, se sientan a tu lado lo más pegado posible, y estando pegaditos,  sin decir ni una sola palabra, él sonríe como un niño endiablado.  

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